JÓVENES SOLITARIOS: ¿DÓNDE ESTÁN LOS ADULTOS?

Ante la generalización de la violencia adolescente, Gabor Maté insiste en la urgencia de que niños y jóvenes dispongan de adultos responsables como figuras de referencia y guía. He traducido del italiano este artículo del psicoanalista Massimo Recalcati, ya que me parece una excelente continuación de la tesis de Maté: los jóvenes no disponen de adultos como figuras de referencia porque son los propios adultos quienes rechazan asumir este papel, intentando borrar las barreras intergeneracionales y eludiendo la responsabilidad sobre sus actos y palabras. El adulto de hoy en día no es capaz de asumir su adultez, según Recalcati.


Parece que la película estadounidense Young Adult, de Jason Reitman, nos revela – ya desde el título – la temperatura de la particular fiebre que está golpeando el llamado «mundo de los adultos». El fenómeno es deslumbrante: el adulto se ha perdido. En la película, la decadencia del adulto se manifiesta en una regresión a la inmadurez, a una imposible reactualización del pasado, a la negativa de asumir responsabilidades. El argumento es elocuente: una ex escritora divorciada regresa a su pueblecito de Minnesota para reencontrarse con su novio del instituto, que está casado y tiene un hijo, sin tener en cuenta lo irreversible del tiempo.

El adulto-niño

¿Qué está ocurriendo? Si un adulto es alguien que asume las consecuencias de sus palabras y acciones, no podemos más que constatar una disminución acusada de su presencia en nuestra sociedad. Pensemos, por ejemplo, en todos aquellos cargos institucionales que buscan satisfacer furiosamente sus intereses personales en lugar de los de la comunidad. Pensamos en las figuras del Puer que nos gobiernan y que se han convertido en modelos para el imaginario social. O en los padres de familia que en lugar de apoyarse mutuamente en su rol de educadores, renuncian a éste mostrando su disposición a siempre defender las razones inconsistentes de sus hijos frente a los profesores o frente a la primera dificultad que la vida les imponga.

Parece que los adultos están perdidos en el mismo mar en donde se pierden sus hijos, sin ningún tipo de diferencia generacional. La línea que delimita una edad caracterizada por la inmadurez, que en tiempos pasados se asumía simplemente como comportamientos que reflejaban el ímpetu vital de la juventud, hoy por hoy no existe: a los 60 años podemos vestirnos como si tuviéramos 30, o soñar con las mismas cosas, consumir los mismos productos o hablar casi la misma jerga,

Adultos-niño «híperconectados»

A esta uniformización de la diferencia generacional contribuye también cierto uso de las redes sociales, donde la responsabilidad sobre los vínculos que se establecen es, a menudo, nula. La amistad se crea a golpe de click; su multiplicación exponencial se asume como signo de distinción. La cultura de los videojuegos nos lleva a habitar un mundo paralelo y artificial; se trata de una suerte de opiáceo tecnológico que confunde la existencia con la simulación. No resulta difícil toparse con adultos que, al igual que algunos adolescentes, se encuentran en un estado de «conexión» permanente con la red. Sin esta «conexión» sus vidas perderían todo sentido. Para ellos, la desconexión – en lugar de establecerse como una pausa necesaria y saludable – deja en evidencia el vacío de una vida basada en vínculos artificiales.

Peter Pan está aquí

Esta nueva fotografía del adulto alimenta el mito inmortal de Peter Pan, el mito de la eterna juventud, la retórica de un culto de la inmadurez que plantea una felicidad despreocupada y libre de responsabilidades.

Éste es un comentario típico de nuestra época: «Mi padre – me decía desconsoladamente una joven hija de padres separados – no hace otra cosa que correr detrás mío y de mis amigas y quiere contarme sus intimidades». En definitiva, ¿no son acaso los adultos los verdaderos hijitos de mamá y papá?

En este sentido, el diálogo entre Schettino y el
comandante de Falco – antes del accidente del crucero Costa Concordia – tiene el valor de auténtico paradigma: no describe solamente un choque drámatico entre dos hombres en una situación de enorme tensión y peligro. Refleja también la brecha entre los adultos que asumen la responsabilidad sobre sus actos y los adultos que quieren seguir jugando con la vida como si de una playstation se tratase.

Evidentemente podríamos continuar con multitud de ejemplos, pero todos tienen un denominador común:

La soledad de las generaciones más jóvenes deriva, en primer lugar, de la dificultad del los adultos para sostener su papel de educadores.

Una joven paciente mía me ha ayudado a comprender mejor lo que está sucediendo. Ella me cuenta sobre su impulso irresistible a robar en los supermercados. Sus hurtos no tienen nada que ver con el valor de las cosas que roba, de las que se deshace rápidamente con absoluta indiferencia. Esta joven no está simplemente desafiando la Ley o gozando de la emoción que le causa su transgresión. Paradójicamente, está haciendo todo lo contrario: busca ser vista, busca ser reconocida por la Ley, quiere hacer que la Ley exista ¿Alguien puede verme? ¿Alguien puede ayudarme a no perderme, a no extraviarme? ¿Existe en algún sitio una Ley – o más fácil: un adulto – que pueda responderme, que pueda reconocer mi existencia?

¿Estáis ahí? ¿Existís todavía?

Las preguntas de nuestros jóvenes nos ponen contra la pared: ¿Estáis allí?, ¿Existís todavía? ¿Existe alguien que sepa asumir con responsabilidad el peso de las propias palabras y actos?

La cleptomanía de esta chica nos hace reconocer todo el malestar de la juventud de hoy en día. En el centro de todo no se encuentra el conflicto intergeneracional, el conflicto entre la Ley y la rebeldía transgresora. En el centro está la soledad de una generación que se siente sin soporte, sin nadie que la sostenga en su caída libre. Nos encontramos con una generación que se siente abandonada, que busca la confrontación con el mundo de los adultos pero no la encuentra.

La actual gran crisis de la economía capitalista, así como el riesgo real de un empobrecimiento material y mental de todos hace que esta situación sea aún más decisiva ¿Qué mundo estamos dejando en herencia a las nuevas generaciones ¿Qué podemos hacer para dar esperanza a un Telémaco angustiado? ¿Cómo podemos demostrar a la joven cleptómana que sí que existe una Ley fiable, una mirada capaz de ver y reconocer su existencia? ¿Hay alguien capaz de leer en su transgresión, su insistencia en una petición de reconocimiento?

¿No es esto, acaso, lo que nos piden nuestros hijos? Si el lugar del adulto se queda vacío, será difícil que las nuevas generaciones se sientan reconocidas, será difícil sentirse, verdaderamente, hijos ¿Hijos de quién? ¿De qué padre, de qué adulto? ¿De cuál testigo de vida?

El unico requisito: asumir la responsabilidad

El adulto no tiene que encarnar ningún ideal de perfección. De hecho, en los peores ejemplares de adultos, encontramos a aquellos que se ofrecen a sí mismos como modelos de ideal a ojos de los jóvenes. La experiencia clínica nos lo enseña día a día: a un adulto no se le debe pedir que represente un ideal de vida perfecta; a un adulto debe pedírsele que dote de valor a su propia palabra , lo que implica, en primer lugar, asumir la responsabilidad sobre ella.

¿No es acaso todo esto lo que puede salvar a los jóvenes de la soledad y del abandono? ¿No es esto lo que aviva la esperanza de Telémaco? En nuestro tiempo, todo esto brilla inexorablemente por su ausencia y necesita ser reconstruido, a nivel individual y colectivo.


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