ADOLESCENTES DESAFIANTES Y VIOLENTOS: ADULTOS AUSENTES

Gabor Maté, médico húngaro-canadiense, es actualmente un referente en el estudio del desarrollo y trauma infantil y en el impacto que estos pueden llegar a tener en nuestra salud física y emocional (desde las enfermedades autoinmunes, pasando por las adicciones o los así llamados «trastornos de déficit de atención). Me gusta de Maté su actitud crítica y desafiante ante el modelo sociocultural imperante, en donde él encuentra muchas de las causas del dolor emocional. He traducido y adaptado desde el inglés un artículo suyo que procura pensar en los adolescentes desafiantes y violentos más allá de clichés y de respuestas fáciles y superficiales. Merece la pena dedicar unos minutos a leerlo.

Violencia adolescente

Las noticias son alarmantes. En Toronto, dos adolescentes fueron asesinados a puñaladas por sus compañeros de clase. Uno de ellos en la puerta de su propia casa, mientras intentaba evitar que algunos se colaran en una fiesta que organizaba. También en Toronto, tres adolescentes están siendo juzgados por el asesinato de un niño de 12 años, hermano menor de uno de los acusados. El oficial de policía que arrestó a dos de ellos señaló que, durante la detención, «parecían despreocupados. . . se mostraban desafiantes y fríos «.

Estos eventos, impactantes aunque ya no infrecuentes, revelan una profunda corriente de agresión en la cultura juvenil actual, así como un desapego emocional que imposibilita que muchos adolescentes manifiesten reacciones humanas saludables.

Los asesinatos, las palizas y los casos de acoso que aparecen en los medios de comunicación sólo representan la punta del iceberg. La agresión cobra también otras formas y el lenguaje violento y ofensivo es la norma. No tan común como lo anterior, pero en claro incremento, son las conductas autolíticas, de autoagresión (como cortes o quemaduras de cigarro).

¿Dónde está el origen de esta agresividad, de las actitudes desafiantes y de la cerrazón emocional de los adolescentes? ¿Por qué los adolescentes llevan consigo armas mortales y muchos las usan contra otras personas o contra ellos mismos?

Frustración adolescente

Es indispensable mirar más allá de las explicaciones fáciles que echan la culpa a la permisividad de los padres, al fracaso de la transmisión de valores morales en la educación o, inclusive, a la «glamurización» de agresividad y violencia en la industria del ocio. Es importante que echemos una mirada a la vida de los niños y adolescentes de hoy en día y sobre todo, a aquello de lo que carecen, aquello que brilla por su ausencia en sus vidas.

El motor de la agresión es la frustración. Detrás de cada acto, palabra o sentimiento violentos encontramos frustración acumulada, no reconocida, no declarada en voz alta. Frustración acumulada y no reconocida, pero muy poderosa. El adolescente que estalla con hostilidad – con actos o con palabras – contra sí mismo o contra los demás, no es consciente de la naturaleza de su frustración ni de sus causas. El objetivo inmediato de esta rabia es aleatorio y accidental.

El joven que intenta proteger su hogar no generó la violencia que lo mató. Es probable que los que llevaban los cuchillos no tuvieran ningún odio personal hacia él. Es posible que ni siquiera lo conocieran. La frustración asesina que experimentaron cuando el dueño de casa les prohibió la entrada, apareció sin que ellos mismos supiesen de dónde venía.

La frustración es una respuesta humana primitiva frente al hecho de no conseguir que las cosas sean de la manera en que uno quiere que sean, en especial al no satisfacer las necesidades propias.

¿Dónde están los adultos?

La violencia, por su parte, es un indicador de la inmadurez endémica en nuestra población adolescente. La inmadurez tiene el mismo origen que la rabiosa frustración que la acompaña: las necesidades emocionales no resueltas de adolescentes sin el cuidado afectuoso y del contacto con un adulto de referencia. El poeta y crítico social norteamericano Robert Bly describe con acierto «la ira de los que no tienen padres».

El aumento de la violencia juvenil gira alrededor de un fenómeno que el psicólogo del desarrollo Gordon Neufeld denomina «orientación hacia los pares». Los chicos y chicas «orientados hacia los pares» no recurren a un adulto, para satisfacer sus necesidades emocionales o para saber cómo ser, cómo mirar y cómo actuar en la vida. Para todo estos casos, ponen su mirada en sus propios pares.

Huérfanos de comunidad y tribu

Esta dinámica es resultado de una ruptura social sin precedentes: la erosión del vínculo de apego que debe darse durante el desarrollo infantil. Hace muchísimo tiempo que dejamos de vivir en aldeas, tribus, comunidades o vecindarios donde los adultos ejercían de mentores y asumían la crianza de los niños. Para muchos niños de la actualidad, la familia extensa es una entidad distante, tanto geográfica como emocionalmente.

Mientras tanto, la familia nuclear está sometida a tremendas exigencias. La presión económica supone que los padres tengan que estar fuera de casa durante muchísimas horas al día, privando a los niños de conexión con un adulto responsable. Los sistemas de guardería, mal concebidos y financiados, no consiguen compensar esta situación. Este vacío es cubierto por el grupo de pares. En este sentido, Neufeld señala: «Los niños no están preparados para criarse unos a otros o de consolidarse como modelo para otros niños. No debería ser el rol que les toca cumplir».

Me muero de miedo

Los adolescentes que sólo cuentan con otros adolescentes para satisfacer sus necesidades emocionales, caen inevitablemente en un estado de frustración. Más aún: con el objetivo de ser aceptados y reconocidos por sus pares, sienten que deben ser lo más «guay» posible. En este código, «ser guay» supone el bloqueo de los sentimientos y la negación/ocultamiento de su propia vulnerabilidad.

La violencia constitucional de las pandillas juveniles dicta en la actualidad el estilo cultural de los jóvenes de clase media en Norteamérica. La frialdad emocional, la actitud desafiante y la apatía sólo disfrazan la insatisfacción brutal y el temor permanente con que viven. El adolescente asustado pretende ser, de cara al público, un adulto autosuficiente.

Los adolescentes más afectados por esta condición tienen más posibilidades de ejercer violencia contra otros y contra sí mismos. El joven que carga siempre un cuchillo tiene un miedo mortal, fundamentalmente a su propia vulnerabilidad. Carente de un vínculo de apego adulto que lo haría sentirse protegido, exhibe un falso y desafiante machismo. Y cuando se siente frustrado, ataca.

Aquellos que experimentan mayor amargura, actúan su rabia en ataques deliberados y potencialmente mortales contra los demás. Otros, por su parte, al sentir tal nivel de adormecimiento emocional, se lastiman a sí mismos como forma de sentir algo, cualquier cosa.

El sistema de valores de los adultos carece de todo sentido para el adolescente «orientado hacia los pares». Un adulto, por bien intencionado o preparado que esté, no tienen ningún poder de guía sobre ellos. Los programas de prevención de la violencia o los mensajes moralistas no sirven de nada.

La tarea fundamental: reconstruir vínculos de apego

Los adolescentes volverán a valorar el liderazgo del adulto sólo si somos capaces de volvernos a vincular emocionalmente con ellos. Los púberes de cualquier especie, en especial la especie humana, necesitan las alas protectoras de un adulto para desarrollarse con salud. La frustración y la ira del adolescente sólo encontrará solución si conseguimos restaurar el vínculo emocional entre niños y adultos.

Todos los adultos, en hogares e instituciones, desde guarderías, jardines de infantes, colegios e institutos, debemos colocar el cuidado emocional de los niños y adolescentes como el valor más alto.


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