«CAMINÉ 800 KM EN UNA OLA DE CALOR PARA SALIR DE UNA DEPRESIÓN SEVERA»

Dadas las circunstancias, fue un acto imprudente, torpe y desesperado: salir del agujero de una profunda depresión caminando 800 kilómetros en el Camino de Santiago, en mitad de una ola de calor de agosto. Decidí que no entablaría amistades, ya que necesitaba recuperar mi propia fuerza sin recurrir al apoyo de los demás. No llevaría conmigo mi teléfono móvil, ni alcohol, ni tabaco, ni medicación.

Tal como se esperaba, la cosa no funcionó bien. Sentí que la dificultad del viaje me superaba en todos los sentidos. A los tres días de haber comenzado el Camino compré un teléfono y llamé a una amiga que me dijo que vendría a verme. Al poco tiempo me encontraba bebiendo cerveza, fumando cigarros de liar y tomando pastillas. Todo ayudó. Y gente desconocida me mostró una profunda ternura. Pero fue el Camino en sí mismo la auténtica medicina a largo plazo.

La peregrinación es una antigua forma de viajar en favor de la cura, tomando en cuenta la etimología de la palabra «viajar»: viajar supone una cura con dolor (Nota del traductor: la palabra inglesa «travel» – viajar – proviene de «travail» -trabajo de parto; dolores de parto. Peregrinar es una medicina que se tolera y no que se disfruta. Quizá esto parezca contradictorio, ya que el enfermo busca comodidad y facilidades, mientras que la peregrinación lo empuja al dolor y a la lucha. Pero a pesar de todo, saber que has sobrevivido te hace sentir fuerte. El alivio que llega cuando el viaje ha terminado es el más valioso.

El Camino está señalizado por miles de conchas de vieira pintadas de amarillo, fijadas en placas, rocas o contenedores; y están cuidadosamente talladas o garabateadas con pintura en spray. El símbolo se dibuja con los rayos de un sol naciente o como si estos fueran los dedos de la mano extendidos. Parece transmitir coraje, la elevación de la felicidad, la mano extendida en un día de verano, con el corazón abierto. La peregrinación va de este a oeste y sigue al sol durante el día y a la Vía Láctea durante la noche. Santiago es Santiago de Compostela (campo de estrellas). Por la noche me sentía caminar en un campo de estrellas.

Caminas el camino, y la forma en que caminas es importante. Tiene una ética: sé curioso, sé amable, sé generoso, confía en que el camino te proporcionará lo que necesitas. Y, sobre todo, continúa caminando. Tomé una frase de Beckett como mantra: «No puedo seguir. Seguiré. No puedo seguir. Seguiré».

Mientras más díficil se me hacía el Camino, mayor necesidad tenía de verlo reflejado en mi propia dificultad interior, viéndome forzada a encontrar rocas de determinación para contrarrestar los caminos pedregosos. Cuando el camino empezó a ascender y me sentía tremendamente agotada, necesitaba encontrar una línea igualmente empinada que se elevara dentro de mí.  Bajo un calor de 36 ° C tuve que caminar bajo el sol ardiente con mi propio fuego interior. Mi perseverancia debía tener tanta obstinación como el largo viaje a través de la meseta. En agosto la meseta muestra millones de girasoles, de un amarillo inigualable. Pensé en Van Gogh, cuyos girasoles no se ríen, sino que lloran, doloridos por el amarillo enloquecedor de la deslumbrante luz de la mente. Lloré por su dolor.

Al final, cuando me encontré con mi amiga, lloré con gratitud y todo lo que pude decir durante una hora y media (además de «Dos Estrellas de Galicia más, por favor») fue: «Gracias. La mierda ha acabado». Mi mes de tropiezos, lágrimas y agotamiento había terminado. Le conté de las dificultades y múltiples amabilidades que había visto durante el camino.

Ella respondió: «Estamos rodeados de ángeles en el paro».

De regreso en casa me sentí animada y vital. «¿Cómo te encuentras?», me preguntó un amigo.

«Bien», le dije.

Nunca lo había dicho con tanto sentimiento. «Bien». Bien como un campo de estrellas en un cielo de medianoche. Bien como un campo de girasoles en un amanecer de verano.

*Artículo de Jay Griffiths publicado en The Guardian. La traducción al español es propia.

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