¿LA NATURALEZA POTENCIA LA SALUD MENTAL?

Me he topado con este artículo aparecido en The Guardian. En él, el psicólogo Oliver James explica  – con una claridad que no había encontrado antes – por qué la ecoterapia y el contacto con la naturaleza benefician nuestra salud mental. La traducción desde inglés es mía.

Ecoterapia: naturaleza y salud mental.

A 11 años de edad, yo era un niño lleno de rabia que se ganaba a pulso su impopularidad por su egoísmo y hostilidad hacia los demás. Estudiaba en un exclusivo internado de Kent, rodeado de un fecundo y frondoso bosque. Este bosque llegaría a ser salvador de mi vida, en muchos sentidos.

El primer sentido es literal: el bosque era mi refugio frente a las hordas de niños que buscaban venganza. Dada mi agilidad física, podía internarme en el bosque con facilidad, y me escondía entre las hojas o entre las matas de arbustos. Me tumbaba completamente inmóvil y escuchaba los sonidos del bosque entre los gritos de mis perseguidores. El bosque me envolvía y escondía.

Durante la primavera y el verano, el bosque era también el lugar donde podía experimentar el placer de la soledad que me elevaba sobre mi infelicidad terrenal. Solía llegar a los límites de la finca donde estaba el colegio y me encaramaba en lo alto de los árboles. Desde este lugar de soberanía, podía relajarme. Miraba a lo lejos a través de los campos. Me intimidaba un poco la altura. Era consciente de que una caída resultaría fatal. Sin embargo, me sentía a resguardo de los profesores, con quienes tenía una pésima relación, y de los otros niños que, comprensiblemente, buscaban venganza de mis atrocidades.

Es  interesante que, desde arriba de un árbol, aquel niño aparentemente incivilizado pudiese apreciar el enorme sentido de belleza que le rodeaba. Se trataba de una experiencia de gran intensidad estética. La forma de los troncos de los árboles me parecía cautivadora, el acusado verde de las hojas me calmaba, mientras la luz del sol las atravesaba en destellos irregulares. Me sentía acogido por el musgo que crecía en la base. En mis manos, sentía ligera la corteza con su elástica esponjosidad.

Tiempo después, ya con 14 años, fui enviado  a un campamento de verano con otros adolescentes. Para nuestra sorpresa, los organizadores nos anunciaron que pasaríamos 24 horas valiéndonos por nosotros mismos. Nos dieron unas cuantas monedas y nos indicaron que llevásemos nuestros sacos de dormir y una olla para cocinar, pero no las tiendas de campaña. No debíamos volver hasta la hora de la comida del día siguiente. Esto ocurría en 1968, mucho tiempo antes de la obsesión contemporánea con la salubridad y la seguridad.

La experiencia de valernos por nosotros mismos generó un ambiente de solidaridad. El recuerdo más potente que tengo es el de encender el fuego frotando dos palos de madera para cocinar unas alubias. Recuerdo también el poder de la noche: tuvimos que encontrar un lugar donde dormir; pero sobre todo lo demás, esto me generó una nueva conciencia del día y de la noche como realidades profundas e inevitables.

La ecoterapia abarca una variedad amplia de técnicas, que van desde largos períodos de inmersión en el mundo natural, actividades de jardinería o sesiones de terapia individual. El hilo conductor es la idea de que la naturaleza fomenta el bienestar y la salud. La investigación señala que esto, efectivamente, es así.

¿Pero cuál es la teoría que está detrás? ¿Por qué se señala que el contacto con espacios verdes (incluso si sólo ocurre en un parque de la ciudad), grandes formaciones paisajísticas (montañas, mares, desiertos) reducen la depresión, los índices de delincuencia, las adicciones y otros problemas?

Muchas intervenciones en ecoterapia implican actividades grupales, como fue el caso mi campamento de verano. Los programas de contacto con entornos agrestes se diseñan para adolescentes en riesgo de exclusión social, con dificultades emocionales serias y duran hasta 8 semanas. Normalmente esta convivencia se estructura en grupos pequeños y en regiones remotas.

Un factor relevante  supone que los participantes se concentren en actividades de supervivencia y en la necesidad de cooperar con el grupo para lograrlo. La sensación de aislamiento y la ausencia de métodos modernos de autoestimulación – internet, uso de sustancias, por ejemplo – ayudan a la desintoxicación de patrones negativos muy establecidos.

Pero la naturaleza en sí misma también es importante. El egocentrismo de los participantes decae al tomar conciencia de que existe algo mucho más grande que ellos “allá afuera”, ya sean montañas, amplísimas llanuras o cielos inabarcables. Se cuestiona, así, la sensación de ser el centro del universo a partir de la inmensidad y complejidad del mundo natural.

Para muchos participantes, el contacto con otras personas ha sido una auténtica tortura en sus vidas cotidianas. Aquí, la soledad y la falta de presión de satisfacer las demandas de los pares o de la familia suponen una significativa mejora en atributos como la autoestima y la autorregulación.

Existen muchos testimonios de gente de todas las edades que dice haber experimentado experiencias espirituales en momentos de contacto directa con la naturaleza. Describen una sensación de conexión íntima con todos los elementos, plantas, animales y el paisaje mismo, que les lleva a apreciar otro tipo de existencia, más allá de la propia.

Acceder al niño interior

¿Por qué  tiene la naturaleza este efecto beneficioso? Una valiosa explicación fue aportada por un personaje líder en el campo de la ecoterapia: Michael Cohen, fundador y coordinador del American Project NatureConnect. Cohen señala que el mundo natural ofrece un modelo de civilización alternativo al de la cultura humana. La Tierra aporta un tipo de sabiduría, alegría y belleza que excluye la contaminación, la guerra, la locura. La naturaleza ofrece su magia y sus secretos a cualquiera, en cualquier lugar, en cualquier momento.

El autor señala que el mundo natural no genera desperdicios. A nivel macro, todo se valora, nada se descarta o se rechaza y eso es lo que define el amor incondicional. Los seres humanos, como seres vivos, también heredamos la integridad del mundo natural como auténtica esencia. Sin embargo a menudo llamamos a esto, burlonamente, nuestro “niño interior”, tachándolo de naif o ingenuo.

Cohen hace una paralelismo entre nuestra esencia biológica y tecnológica. Nuestra esencia biológica emplea una aproximación multisensorial  y perceptiva para conocer el mundo y sobrevivir en él de forma armónica. Nuestra esencia tecnológica usa palabras e historias que descartan nuestra sabiduría sensorial instintiva.

Da la impresión que el intelecto nos destierra del mundo de los sentidos y sentimientos y los llena de contenido moral, apartándolos de su verdad sin palabra y sin historia. La educación y la civilización nos amputa esta sabiduría.

El autor ofrece un ejemplo de lo que supone el acceso a la naturalidad de los sentidos. En Escocia, unos granjeros estaban volcando unos bloques de heno para erradicar a las ratas que vivían debajo. Tres ratas intentaban huir pero, a diferencia de las otras ratas que también huían, el trío permaneció unido, dificultándose su capacidad de escape. Los granjeros se percataron que una de las ratas era ciega y las otras dos la iban guiando hacia la ruta de salida. Profundamente conmovidos, los granjeros decidieron no eliminarlas. Estas personas entraron en contacto, durante un breve momento, con su naturaleza interior, dejando de lado su condición de agricultor atravesado por la cultura.

Cohen señala que nuestro condicionamiento cultural nos lleva a  emplear palabras, símbolos e imágenes para representar el mundo sensorial-natural, apartándonos de la percepción directa y no mediatizada por el intelecto.

Recuerdo un momento de la primera etapa de mi vida: desde que nací, visité con frecuencia una bella playa al norte de Cornwall. Aún recuerdo mis impresiones infantiles del olor del aire, el ruido de las gaviotas, la sensación de la arena caliente bajo de mis pies.

Luego de muchos años, ya en mi época de estudiante universitario, me ocurrió algo espantoso: era imposible estar en esa misma playa sin compararla con alguna una escena de ficción: una película, una novela, un poema. Recuerdo haber intentando dejar de lado esa comparación y también recuerdo mi desesperación al ser consciente de no poder hacerlo, de no ser capaz de experimentar el lugar sin emplear palabras o compararlo con ficciones.

Cohen plantea que el empleo de una serie de técnicas sencillas y prácticas, puede estimular lo que él denomina «cerebro arcaico», que nos abre a la posibilidad de vivir una experiencia no pasteurizada de la naturaleza.

Perspectiva y limites de las ecoterapias

Resulta importante identificar los límites de lo que podemos obtener a partir de una simple exposición al mundo natural. Es muy poco probable que ir al bosque, oler las flores y maravillarse con el paisaje, funcione  -como único tratamiento – para alguien con un diagnóstico de depresión. Si sugerimos esto a una madre soltera con un bebé de seis meses y cuyo casero la persigue para que pague los meses de alquiler retrasados, su depresión podría transformarse súbitamente en rabia hacia nosotros. Lo mismo podría ocurrir si hacemos la misma sugerencia a una persona deprimida que fue maltratada y menospreciada por sus padres durante su infancia.

Las causas fundamentales del malestar emocional son psicosociales, pero también es cierto que tenemos el doble de riesgo de padecer trastornos emocionales si vivimos en la ciudad (y cuatro veces más riesgo de sufrir una esquizofrenia).

Creo que una razón de que esto sea así es la alienación generada por la ausencia de exposición a vistas, sonidos y olores de la naturaleza, así como por el distanciamiento de de los ritmos naturales (estaciones; día y noche). Las ecoterapias nos ayudan porque nos reconectan con la naturaleza: la exterior y la interior.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *