EL FUTURO DE NUESTRA RELACIÓN CON LOS ANIMALES

He traducido un gran artículo de Daniel Crockett aparecido en el Huffington Post en su edición británica. En esta oportunidad, Crockett analiza la relación que entre el ser humano y el reino animal. Como todos sabemos, se trata de una relación que históricamente se ha basado en el abuso de poder, el maltrato, la instrumentalización y maquinización de nuestros compañeros de ruta. En las próximas líneas, Crockett realiza un viaje imaginario al futuro y plantea un escenario esperanzador: los animales son respetados en su valor propio a la luz de un ser humano que se asume como parte integrante y armónica de la naturaleza.

La semana pasada publiqué un post aludiendo a la conexión con la naturaleza como el próximo gran paradigma de la humanidad. Ahora quiero acotar el enfoque e indagar sobre nuestra relación con los animales. Y planteo un futuro distinto, una proyección que contradice abiertamente la situación actual. Demos entonces un salto de cincuenta años hacia el futuro.

Nuestro sistema está constituido por una red de decisiones individuales. Una nueva generación, empoderada (y volcada hacia el mundo salvaje) puede ser catalizadora de un gran cambio que suponga una aproximación diferente hacia la naturaleza, una redefinición de lo salvaje en el contexto urbano, así como la desintegración del dogma de la era industrial. Hablamos de jóvenes con compromiso medioambiental que reconozcan la necesidad de cambios fundamentales en nuestros hábitos alimenticios y en la forma en que interactuamos con el entorno natural. Aunque este cambio sea muy paulatino, debe apuntar hacia un viraje en la forma en que nos relacionamos con los animales.

Empiezan a generarse discursos de identificación y comprensión de esta forma de ver la realidad. Pareciera que la voz de los animales, ignorada durante tanto tiempo, empieza a resonar en nuestros oídos. Este cambio – como todo cambio – empieza con susurros, con polémica y con un cambio gradual de nuestras prioridades. La idea de que el capitalismo de última generación (y la carga psicológica que nos impone) es un modelo sin coherencia, empieza a propagarse viralmente.

Otra idea también gana popularidad: la forma en que tratamos a las otras especies afectará directamente nuestro futuro como seres humanos. Las palabras de Duane Elgin resuenan: “El exterminio al que sometemos a otras especies se compara con hacer estallar los remaches de las alas de un avión en pleno vuelo”.

El sistema legal va adaptándose también. Legisladores para una jurisprudencia del planeta (propuesta de Thomas Berry) han empezado a estructurar sus propios cursos de capacitación, asociaciones y tribunales. El ecocidio, término popularizado por Polly Higgings, empieza a incluir el maltrato infringido a todas las especies no-humanas. Y mientras tanto, el proyecto Nonhumans Rights Project gana en los tribunales una serie de casos judiciales, cambiando para siempre la condición jurídica de los animales: de objetos a seres.

El cambio más grande, sin embargo, se refleja en la manera en que empezamos a comprender el mundo animal. Recordamos las palabras de John Rodman: los animales deben ser respetados por “tener una existencia propia, su carácter propio, sus propias potenciales y excelencias; su propia integridad y su propia grandeza”. El Partido Verde gana fuerza en el Reino Unido, así como su manifiesto en favor de un cambio en el derecho de los animales. Cambios similares empiezan a generarse rápidamente.

El mensaje profético de E.O. Wilson tiñe la agenda política y social: “La flora y fauna de un país será considerada en el futuro como parte del patrimonio de una nación, tan importante como su arte, su lengua; como parte de esta mezcla asombrosa de logros y fracasos que definen a nuestra especie”. Las grandes corporaciones, hostigadas por poderosos activistas – Avaaz, 38 degrees, Change.org), ya no son capaces de ocultar al público sus agendas. Aquellos que actúan dañando el planeta son castigados por la sociedad.

El debate más acalorado gira sobre los pensamientos y sentimientos de los animales. Empiezan a desvanecerse ideas como la “estupidez” de un animal tan apacible y bien integrado al medio ambiente como una vaca (aunque no sin una fiera resistencia de algunos). Observamos un incremento asombroso en la cantidad de gente que opta por dietas veganas o vegetarianas; y ello es resultado de empezar a asumir a los animales como seres capaces de experimentar emociones. La habilidad de bosques, plantas e insectos para autoorganizarse y para pensar (aunque en términos distintos a nuestra forma de pensar) empieza a enviar mensajes de choque en nuestra sociedad. Empezamos a observar ilustraciones sensoriales que reflejan estas capacidades. Se cae en cuenta, en definitiva, que el ejercicio de la crueldad no es necesario para ejercitar nuestra autoridad en el mundo.

Empezamos a notar los beneficios que supone una historia cultural que ha sido re-analizada en favor del mundo animal. Se trata de un sentimiento de pertenencia que implica el retorno a un hogar amenazado y quebrado, pero a nuestro hogar a fin de cuentas. Y con esta toma de conciencia aparece un sentimiento de humildad. En palabras de Vaclav Havel: “Existe algo en el orden del ser que, obviamente, excede nuestra competencia”. El partido de revancha entre la humanidad y el medio ambiente genera una mejora espectacular en el bienestar psicológico.

El reconocimiento de nuestro destino como animales, entre otras plantas y animales, se consolida. Y con ello aparecen preguntas genéricas acerca de nuestra definición de inteligencia. Recordamos las palabras de Jung: “Al mirar directamente a los ojos de un animal, se nota que están llenos de dolor y de belleza dado que contienen la verdad de la vida: cantidades similares de placer y de dolor, la capacidad para la alegría y para el sufrimiento…”

Este discurso de transición impregna la religión. La esfera espiritual, desde siempre disociada de la naturaleza, empieza a cambiar en discurso y doctrina. Lo espiritual de lo humano va dejando de asumirse como superior a nuestra corporeidad animal y se reconoce la magnitud de su interrelación. La ecología espiritual sobrepasa los límites de la religión. La antigua y falsa premisa de que lo espiritual debe superar y separarse de la naturaleza, pierde crédito. Aunque ello provoque divisiones dentro de la iglesia, va asumiéndose que el ser humano no es superior ni que está separado del reino animal.

La relación entre religión y paganismo también empieza a ser reconocida. Se asume el rechazo que, según EO Wilson, “ha causado que los espíritus que nuestros ancestros conocían bien, hayan abandonado las rocas y los árboles y las montañas lejanas”. En este sentido Robert Pogue Harrison señala que los conceptos religiosos más arcaicos asumieron como traumática la relación entre ser humano y naturaleza.

En el corazón de este discurso se encuentra la sabiduría indígena que nunca llegó a desareparecer y que nunca perdió la conexión con el reino animal. Una realidad – olvidada durante mucho en occidente – que indica la no-separación entre lo humano y lo salvaje, gana fuerza. Con ello, surgen cuestionamientos con respecto al trato que se otorga al reino animal. Al reconectar con nuestro cuerpo sensorial, hemos empezado a recibir un caudal de información que durante muchísimo tiempo fue ignorada y reprimida. Estamos en un momento de transición, en un “Gran Despertar”, que fue pronosticado en el pasado y está ya en marcha.

Hildegard Von Bingen, anticipándose 500 años a la revolución industrial, señaló: “el ser humano está en interrelación con los elementos, de la misma forma en que los elementos están en conexión con el ser humano”. La filosofía perenne siempre defendió el respeto por la naturaleza en el Upanishad (‘El hombre que puede ver todas las criaturas en sí mismo y a sí mismo en todas las criaturas, no conoce la tristeza”) y el Bhagavad Gita (” El Ser que habita en todos los seres, todos los seres que habitan en el Ser “.) y en muchos ejemplos más. El proceso de Sarvodaya, expuesto por Satish Kumar, coloca rotundamente a la naturaleza en el el eje: “Somos parte de la naturaleza y no hay separación. Nadie está por encima y por debajo. Los gusanos son tan importantes como los árboles. Todo juega su papel”.

David Abram señala que los animales no-humanos piensan con todo su cuerpo y añade, no sin crítica, que la capacidad de sentir nunca fue propiedad privada del ser humano y que vivimos inmersos en una inteligencia y rodeados de una creatividad que no llegamos a comprender. La idea – desarrollada durante toda la vida – de que cualquier elemento que nos genere incomodidad debe ser eliminado, comienza a desvanecerse. Apreciamos nuestra afinidad natural con los animales y la celebramos en formas que trascienden el antropocentrismo. Inclusive nuestro lenguaje empieza a modificarse y nuestro destino como especie es re-pensado. El antropocentrismo empieza a establecerse como tabú.

Ha empezado a escucharse un discurso subyacente que ha estado desarrollándose durante muchísimo tiempo. Ian McCallum indicó que el lenguaje facial y corporal supone el 75% de la información que transmitimos. Tony Juniper subraya la idea de hasta qué punto nuestro lenguaje constituye una barrera y que, cuando estamos dispuestos a escuchar, nos topamos con un paisaje que expresa y que gesticula, todo ello dentro de un mundo que nos habla. Por otra parte, el trabajo de instituciones benéficas y de muchos individuos está contribuyendo a un profundo cambio social.

La idea de una granja de cría intensiva de pollos o de producción de leche empieza verse como un callejón sin salida. La legislación comienza a tomar cartas en el asunto, prohibiendo o acotando parcelas de la industria alimentaria, como la ternera. Actitudes desarrolladas en pleno siglo XXI empiezan a verse como generadoras de vergüenza, atemporales y, no obstante, comprensibles, dada la absoluta abstracción a la que nos fuerza el sistema. La matanza de animales para obtención de carne, en aquellos sitios donde continúa dándose, se asume como un proceso de gran sensibilidad emocional. La idea de consumir carne sin siquiera imaginar de dónde procede empieza a ser algo anacrónico. Los animales comienzan a ganar, nuevamente, espiritualidad. Tal y como dijo Vandana Shiva: “la comida está viva: no se trata solamente de trozos de carbohidratos, proteínas y nutrientes. Se trata de un ser; de un ser sagrado”.

Al evocar a Merleau Ponty, David Abram refiere que las cosas no son meros objetos, sino sujetos animados, con energía vital en derecho propio. Ello supone una oportunidad de interacción y de intercambio, permitiendo que la reciprocidad empiece a circular entre nuestro cuerpo y la tierra que respira. Añade Abram: “Nosotros estamos en el mundo y somos parte de él; estamos enclavados en los mismos campos empapados de lluvia que piedras y cuervos habitan”.

Hacer las paces con el mundo animal no es misión fácil. Tal y como dijo Desmond Morris en “The Animal Contract”: “Mientras más nos haya ofrecido una especie animal – con su carne o derivados – peor ha sido su suerte. En lugar de honrar a los animales que tan bien nos han servido, los hemos degradado a la condición de máquinas animales ¿Cómo hemos podido permitir que ocurra esto en una época en la que hemos ganado en sensibilidad en muchas otras áreas?” La reparación toma su tiempo y la nueva “Acta de derechos para los animales” tiene un apoyo masivo. La obra pionera de Tony Juniper, quien vincula el valor económico en términos financieros con el trabajo que los animales desempeñan gratuitamente, empieza a influir sobre las políticas al más alto nivel.

Está claro que el mito del producto interior bruto como medida universal de éxito ya no da más de sí. En este sentido, Oren Lyon señaló: “Lo que ustedes denominan recursos naturales, nosotros lo consideramos nuestra familia”. Los valores de la sociedad, que se apartan del consumismo, fuerzan que se adopten ideas como el Índice de Progreso Real y el ïndice del Planeta Feliz propuesto por la New Economics Foundation. Bután, introductor del índice de felicidad nacional bruta, empieza a alzarse como modelo de cambio en el mundo.

Y para terminar, evoquemos las palabras de los poetas (los portadores de las alertas rojas de una sociedad). Rilke escribe: “Y tan sólo entonces, cuando ya haya aprendido lo suficiente/ Iré a observar los animales y dejar que algo/ de su compostura se introduzca lentamente/ En mis miembros; y veré mi propia existencia en la profundidad de sus ojos”. O pensemos en la idea de Gary Snyder: una cultura que se aliena a sí misma de su naturaleza salvaje está condenada a la autodestrucción Todo esta línea de pensamiento continúa ganando popularidad. La misma idea de lo “salvaje” como una entidad ajena comienza a desintegrarse, a la vez que reconocemos aquello que siempre ha sido verdad: no existe separación entre el ser humano y lo salvaje. Éste es el punto fundacional de un mundo que está cambiando.

Y ahora, volvamos al presente. Espero que este artículo pueda constituirse en escaparate de algunas de las voces que ya están abordando la redefinición de nuestra relación con la biosfera. Estas líneas reflejan sólo una pequeña muestra de pensadores, historias, investigaciones y poemas de siglos de antigüedad. Cada paso que cada persona realice hacia una conexión y comprensión de la naturaleza contribuye a reevaluar nuestro destino como seres humanos en este planeta y a construir un futuro del que sentirnos orgullosos: un futuro donde nos sintamos parte integrante de la naturaleza. No tengo dudas de que este viaje ya está en marcha y que las bases de este futuro están construyéndose cada día.

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