CRITICA DE NATURE LOVE MEDICINE

Cristina Eisenberg, ecóloga y directora científica del Earthwatch Institute de Boston hace una crítica positiva de NATURE LOVE MEDICINE: ESSAYS ON WILDNESS AND WELLNESS, donde colaboré con un ensayo. He traducido del inglés al español la reseña aparecida en el volumen 99, número 7 de ECOLOGY.

Historia natural y la práctica de la ecología

Cristina Eisenberg

Bajo la piel de cualquier ecólogo se encuentra un naturalista. Incluso los ecólogos con la formación más tradicional iniciaron su recorrido con una profunda curiosidad por el mundo natural, pasando cualquier rato de tiempo libre examinando insectos en los estanques (Sir Charles Elton, iniciador de los fundamentos de la ecología contemporánea), observando pájaros en el bosque (Aldo Leopold, fundador de la biología de la vida salvaje), persiguiendo mariposas en los prados (Sir Charles Darwin, fundador de la ecología evolutiva) o recogiendo serpientes en los pantanos de Florida (Edward O. Wilson, cofundador de la biogeografía). Sabemos todo esto a partir de las memorias, notas de trabajo de campo y cartas personales de todos ellos.

Los ejemplos citados ilustran vivamente cómo la historia natural dotó de fundamento a la ecología como ciencia, a sus subdisciplinas y a otras disciplinas afines. Sin embargo, como resultado de su presunta subjetividad, la práctica de la historia natural fue perdiendo el aprecio de los ecólogos. Para comprender esta ruptura – y para entender también por qué resulta fundamental repararla – necesitamos remitirnos a los orígenes de la historia natural.

Definida genéricamente por los científicos como el estudio de los organismos en su hábitat a partir de la observación, en lugar de la experimentación – siendo así accesible al público en general – la práctica de la historia natural es tan antigua como el homo sapiens. Ganó reconocimiento como disciplina en el año 79 d.c. con la publicación de la enciclopédica Historia Naturalis de Plinio el viejo, en donde el sabio da una definición del mundo natural y de la vida misma. La historia natural, no obstante, precede a Plinio puesto que desde que el ser humano camina sobre la tierra, la práctica de prestar atención a la naturaleza ha permitido nuestra supervivencia, dando forma a nuestro cerebro, cuerpo, sentidos, sociedades, y ethos.

La tesis del libro NATURE LOVE MEDICINE, editado por el biólogo de la conservación Thomas Lowe Fleischner, postula que el ser humano nace con una predisposición para la práctica de historia natural y que la re-actualización de esta práctica devuelve, a individuo y sociedad, su salud física y mental. De acuerdo con Fleischner, la historia natural une ciencias, humanidades y artes, conectando a la gente con el mundo natural. El autor define la historia natural como «la práctica de la atención y receptividad intencionales y focalizadas en el mundo que abarca más que lo humano, guiadas con honestidad y precisión”(p.8). Como ecólogos, la práctica de la historia natural supone un volver a mirar lecciones que aprendimos durante la infancia, dejando que sean la curiosidad e instinto los que nos guíen sin restricción. Y, en efecto, muchos ecólogos asumen que el empleo del mundo natural como palimpsesto resulta esencial para el hallazgo de soluciones a los problemas contemporáneos más importantes (cambio climático, los procesos de extinción, deforestación, contaminación, degradación del suelo y los sistemas de producción alimentaria del ser humano). Algunos de los autores de esta antología van un paso más allá y afirman que el no retorno a nuestra esencia de historiadores naturales supondría nuestra desaparición como especie.

Las 24 voces de diversos campos profesionales que Fleischner reúne en este libro presentan elocuentemente su tesis. Los autores trascienden sus respectivas disciplinas profesionales en campos como la ecología (Gary Paul Nabhan, Nalini Nardkarni, Alberto Burquez, Lauret Savoy, Robin Wall Kimmerer, Mitchel Thomashow), literatura (Elizabeth Tova Bailey, Melanie Bishop, Allison Hawthorne Deming, Jane Hirshfield, Sarah Juniper Rabkin, Jana Richman, Stephen Trimble, Brooke Williams), psicología (Pablo Deustua Jochamowitz, Peter H. Kahn, Jr., Laura Sewall), bellas artes (Edie Dillon), educación (Judith Lydeamore, Saul Weisberg), y filosofía (Thich Nhat Hanh), realizando una declaración de principios: conectar con nuestra salud supone conectar con el mundo natural; dicha conexión implica el desarrollo de una actitud de empatía y amor hacia el mundo biótico y abiótico; la práctica de la historia natural hace posible esta conexión y la salud que implica.

Creo que lo que me impactó de este libro fue su grado de intimidad y autenticidad. Sin importar la prominencia de los autores en sus diversos campos profesionales, estos comparten vivencias increíblemente honestas sobre la importancia del amor hacia el mundo natural durante sus experiencias de inmersión en la naturaleza. Son varios los que nos transportan hacia experiencias de juventud y a la inolvidablemente dolorosa disonancia que experimentaron en su primera “expulsión ecológica del paraíso”. En este sentido este libro se asemeja a una caminata por el bosque (o a la escalada de una montaña o un volcán activo) con un amigo íntimo que resulta ser ecólogo/psicólogo/escritor/filósofo/educador, mientras se habla del sentido de la vida, de la fortuna gratuita y accidental o de fuentes de valentía e inspiración. En el libro encontramos el mismo tipo de comunión y experiencias compartidas en momentos de intimidad durante el trabajo de campo. Y con ello, nos deja un mensaje esencial: no estamos solos y nuestra afinidad hacia el mundo natural (también conocida como biofilia) que a nosotros, ecólogos, nos condujo a nuestra práctica profesional, es también universal. Yendo un paso más allá, puede decirse que la realización de nuestro mejor trabajo como ecólogos mediante la aplicación de un método científico objetivo y relevante, requiere que, como seres humanos, reconozcamos nuestros sentimientos y el instinto que proviene de ellos. Y esto es de especial importancia si nuestra formación científica requiere de nosotros objetividad y base empírica. Ecólogos de mucho renombre sugieren que es viable respetar simultáneamente el rigor de nuestra ciencia y nuestros sentimientos hacia el mundo natural (Greene 2013, Estes 2016).Y otros concuerdan.

En el congreso de la Sociedad de Ecología de los Estados Unidos en 2009, un módulo denominado «Historia natural: la bases para una compresión ecológica y de una sociedad global sostenible” tuvo, sorprendentemente, un lleno total. Al finalizar, varios asistentes quisieron contactar con el organizador de la sesión, Joshua Tewksbury, ansiosos por saber más. Muchos de mis colegas ecólogos usan ávidamente iNaturalist, una aplicación de móvil para recoger observaciones del mundo natural, participan en actividades que ponen en contacto al ciudadano de a pie con la ciencia, realizan excursiones con sus familias, se sumergen ellos mismos en la naturaleza tanto como les sea posible durante sus ratos libres o publican posts “nerds” en Facebook sobre sus sorprendentes observaciones durante su práctica de la historia natural.

No obstante, con el objetivo de ser efectiva en su función de guía y brújula para ecólogos y personas en general, la práctica de la historia natural necesita integridad y base en la realidad. En ocasiones algunos de los ensayos del libro juegan con los límites desde una visión romántica del mundo natural, lo que podría causar desconfianza entre los ecólogos. En un ensayo sobre la relación entre humanos y plantas y sus poderosos usos medicinales en Norteamérica, el autor (un ecólogo) usa como ejemplos poéticos de plantas medicinales, cuatro especies halladas habitualmente en este continente, tres de las cuales son especies no-nativas invasoras importadas de Europa por colonos euro-americanos. Ahí se despliegan las fricciones entre la ecología como ciencia y la práctica de la historia natural. En un mundo cada vez más desconectado de la naturaleza, en donde la práctica de la ecología se aparta paulatinamente de los datos recogidos directamente en el mundo natural y deposita su confianza en la teledetección y en los modelos, es muy importante que, de la misma forma en que usamos poderosas tecnologías, hagamos honor a la práctica de la historia natural y la incorporemos en nuestro trabajo. Sin embargo, resulta igualmente importante no romantizar el mundo natural, y que lo observemos objetivamente incluso mientras nos dejamos llevar por la maravilla y el misterio al mirar una constelación de estrellas en el cielo nocturno, de modo que podamos obtener de allí mismo el insight que tan urgentemente necesitamos para resolver los problemas ecológicos de hoy en día.

En ocasiones a los ecólogos nos resulta difícil ver el bosque entre los árboles. Recomiendo encarecidamente este libro a los ecólogos senior, como necesario recordatorio de las razones de realizar el trabajo que hacemos. Por el mismo motivo, recomiendo su lectura a los estudiantes en proceso de convertirse en ecólogos. Recomiendo llevar esta colección de ensayos en vuestras mochilas y sumergiros en ella mientras descansáis para comer durante el trabajo de campo. Sugiero asignar capítulos a los alumnos de pre-grado en los cursos introductorios y a los de posgrado en los seminarios. Estéis donde estéis en vuestro camino como ecólogos, este libro os hará pensar, reír, llorar, y sentir la belleza y verdades dolorosas acerca de quiénes sois como seres humanos en este planeta y la importancia de la ciencia que practicáis. Y os inspirará a zambulliros en vuestra propia fuente de sabiduría para dar vuestros propios pasos ecológicos.

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