CONEXIÓN CON LA NATURALEZA: EL PRÓXIMO GRAN PARADGIGMA

Excelente artículo de Daniel Crockett aparecido en el Huffington Post Reino Unido (la traducción al español es mía). Crockett afina la puntería sobre la disociación – emocional – entre ser humano y naturaleza y su relación con la soledad, el aislamiento social, el consumismo compulsivo, la sensación de insatisfacción y vacío que nos invade y, en definitiva, con el colapso medioambiental que vivimos. Para Crockett, la posibilidad de revertir esta situación pasa, necesariamente, por establecer un vínculo de auténtica reconexión con el mundo natural: una reconexión que implique un retorno a sentirnos parte integrante de la naturaleza. Crockett cree firmemente que la mecha se ha encendido ya: el movimiento de reaproximación hacia la naturaleza está en marcha y constituirá – esperemos que en breve – el próximo gran paradigma de la humanidad.

Algo anda mal y no podemos indicar exactamente qué. Da la impresión de que a mayor progreso, más desposeídos nos sentimos. La hiperconectividad generada por los medios de comunicación – teniendo muchas potencialidades – produce apatía y saturación de información indeseada y, sin embargo, nos hace más conscientes que nunca de las injusticias del mundo. Parece que a mayor conectividad virtual, más desconectados nos sentimos. Y creo que una reacción a todo esto debería suponer una reconexión a gran escala con la naturaleza que vaya más allá de los movimientos medioambientales previos: una reconexión con la naturaleza que cambie la forma del planeta en que vivimos. Creo que hay ahora un movimiento subterráneo que va ganando cada vez más fuerza y ya ha empezado a influir en nuestras vidas. Se trata de una revolución que implica sentirse parte integrante (de la naturaleza; N. del T.)

Llewellyn Vaughan-Lee, editor y coautor de “Spiritual Ecology” resume esta idea: “Hasta que no vayamos hasta las raíces de nuestra idea de separación con el resto de la naturaleza, no podrá darse una cura”. Para muchos, la idea de separación es una constante: una supuesta conexión con un medio ambiente “extra humano” es imposible. Y parece que seguimos creyendo que la tecnología es la solución. Nancy Dess, de la American Psychological Association, señala: “Ninguna de las nuevas tecnologías de comunicación implica contacto humano; todas tienden a marginarnos de la posibilidad de vivir una experiencia directa”. A pesar de ello, tengo la sensación de que es justamente esta conectividad la que genera también una gran oportunidad de aprendizaje. Frank Wilson, neurólogo y autor de “The Hand” apunta el problema: “La gente joven es lista; se criaron con ordenadores y se suponía que fueran superiores. Sin embargo, ahora sabemos que algo no ha funcionado bien”.

La historia cultural de las sociedades tiene gran influencia sobre la forma en que éstas se conforman y desarrollan. El filósofo Mark Rowlands señala: “El ser humano es el animal que se cree las mentiras que se cuentan sobre él”. Actualmente son muchos los que consideran que vivimos un momento de transición de historias culturales. Hemos creído en el mito del progreso, de la evolución constante, del avance tecnológico. Y sin embargo, nos hemos topado con una creciente insatisfacción con el capitalismo de última generación como modelo de respuesta a cualquier pregunta esencial. El maltrato del planeta, de otros seres humanos y de los animales es cada vez más evidente. Y los medios de comunicación lo denuncian. Thomas Berry señaló que todavía estamos en un punto intermedio, que estamos aún “entre historias”. Y es importante contar historias buenas, como indica E.O. Wilson, biólogo y autor de “Biofilia”: “Una cultura crea su presente y, por ende, su futuro, a través de las historias que su gente cuenta, las historias en las que creen y las historias que subyacen a sus acciones. Mientras más congruentes sean estas historias con la realidad biológica y física, es más probable que su gente viva de forma compatible con las reglas ecológicas y que, por ende, sobreviva”. En la actualidad, no estamos siquiera cerca de esto.

Dice Chellis Glendinning: “Escindimos nuestra conciencia, reprimimos grandes áreas de nuestra experiencia y nos cerramos a una percepción plena del mundo”. Y en ningún aspecto esto se hace más obvio. Yo creo que nosotros empleamos las redes sociales para conectarnos con el mundo, buscando tranquilizar un sentimiento de añoranza y pérdida que no llegamos a comprender. De forma parecida, la cultura de admiración del éxito se basa es un deseo humano de aceptación. Los universos privados que se nos enseña a habitar están a servicio de modelos empresariales soterrados. Stanley y Loy plantean: “Al glorificar la obsesión con el self – con uno mismo – el consumismo genera un ambiente mental de competencia sin fin. Y deteriora la empatía, el altruismo y la cooperación. La institución dominante de nuestro tiempo ya no es la religión, el gobierno o la academia: es la corporación de negocios global”. El colapso de nuestras comunidades sirve a unos pocos y no a la mayoría.

Parece que en la actualidad los niños son los que concentran los grandes temores por la desconexión de la humanidad con la naturaleza; y son también los receptores de las mayores respuestas. En algún momento del desarrollo humano, la sociedad nos separa del mundo natural. La poetisa Anita Barrows describe un punto de transición: «El Niño tiene conciencia del contacto humano, pero también del contacto de la brisa con su piel, de variaciones de luz y color, temperatura, textura y sonido. Antes de empezar a caminar y a hablar, el mundo natural aparece ante nosotros en todo su esplendor. El filósofo David Abram, fundador de Wild Ethics, define la forma en que se experimenta el mundo: “el ser humano está programado para la relación: los ojos, la piel, la lengua, oído y fosas nasales – todas son puertas a través de las cuales recibimos el alimento de la «otredad».

En la actualidad empiezan a manifestarse reacciones ante estas carencias: autores pioneros como Richard Louv (autor de «El último niño en los bosques» y «El Principio de la Naturaleza») señala que algo no va bien y plantea una serie de respuestas. En Estados Unidos, la Child and Nature Network trabaja con una perspectiva: «un mundo en el que todos los niños jueguen, aprendan y crezcan con la naturaleza cotidianamente». Louv, autor del concepto de «Trastorno por Déficit de Naturaleza», cofundó la asociación Nature Rocks. Mientras tanto, en el Reino Unido, el proyecto Wild Thing surge con el objetivo de fomentar la reconexión de los niños con la naturaleza.

El hecho de que sean los niños las víctimas más obvias, pone en evidencia a nuestra sociedad y apunta a la carencia de contacto con la naturalez que también tienen los adultos. Thomas Berry manifiesta que el ser humano necesita una auténtica identificación con lo no-humano y cree fervientemente que son los niños el termómetro de cómo una sociedad percibe su universo. Sin embargo, ¿qué ocurre con los adultos? El consejero de salud de Natural England, el doctor William Bird, indica que hay una relación directa entre salud y contacto con la naturaleza, tanto en niños como en adultos. La adolescencia y los rituales de iniciación de ingreso en la adultez han sido olvidados. Paul Shepard indicó: «Hace muchas generaciones atrás occidente olvidó una serie de elementos: el procedimiento de toma de decisiones a partir del «concejo de la totalidad»; la vida nómada en pequeños grupos y con pocas propiedades; rituales de iniciación de gran complejidad; la historia natural del mundo como parte de la propia historia; el estar rodeados de una «otredad» no-humana (salvaje) con importancia espiritual y la «vía natural» de madre e hijo. Todo esto nos resulta ahora extraño ya que hemos perdido la competencia para experimentarlo como parte constituyente nuestra. Sin embargo, estos potenciales aún están en nuestro interior”.

Yo creo que este movimiento (cuyas voces son muy dispares entre sí) tiene la posibilidad de unir a toda una nueva generación, con el objetivo de disipar – parafraseando a Vaughn Lee – la idea de estar separados del entorno. La base de esta idea tiene que ver ver con nuestra propia identidad de niños y niñas, algo que todos alguna vez fuimos. George Mackay Brown lo describe bien: «Todos fuimos poetas en algún momento y hemos despilfarrado nuestra herencia. Sin embargo, hemos conservado lo suficiente para recordar cuán inmensamente ricos fuimos alguna vez, en la niñez, cuando la poesía fluía a través de nuestros sentidos». George Monbiot apunta sobre este asunto en su libro “Feral”: «De todas las criaturas del mundo, quizá las que más necesiten incorporar elementos de lo salvaje sean nuestros niños. El colapso de la relación de los niños con la naturaleza ha sido incluso más rápido que el colapso del mundo natural».

Los espacios al aire libre fueron parte de mi infancia y el surf me ha llevado a contactar con la naturaleza salvaje por todo el mundo en busca de olas. Lo salvaje es una voz que nunca deja de susurrar, penetra tus poros por ósmosis y una vez que está bajo de tu piel, es casi imposible olvidarlo. Lo salvaje hechiza la imaginación, evocando lugares de amplios cielos y luces fugaces, donde la soledad te atrapa y los confines de del mundo se difuminan. Estos lugares vacíos funcionan como espejos: te devuelven la imagen de quien verdaderamente eres. Son maestros, también, de mil lecciones que abarcan mucho más de lo que nuestras manos hayan sido capaces de construir en toda nuestra historia. Allá afuera, el tiempo deja de moverse y adopta toma tintes diferentes.

Con ello, ¿qué es lo que estamos presenciando? ¿El Gran Giro (Joanna Macy)? ¿Un empuje final hacia la Era Ecozoica (Thomas Berry)? ¿Una revolución atenta de la conciencia, como señala(Russell Brand)? Neil Evernden subraya que el elemento auténticamente subversivo en la ecología no se basa en ningún concepto sofisticado, sino en una premisa básica: interconexión. Vaclav Havel fue un paso más allá: «Sin una revolución global de la conciencia humana, nada cambiará a mejor en la esfera de nuestra existencia como seres humanos».

Ser “verde” en el Reino Unido supone aún algo de estigma. Yo creo que el movimiento descrito en estas líneas trasciende el fatalismo y pesimismo con respecto al medio ambiente. Estamos ante un gran potencial. También creo que esta nueva ideología empieza a influir en la forma en que manejamos nuestros negocios y gobernamos nuestras sociedades. Gus Speth, consejero sobre cambio climático de los EE.UU (ha ser un trabajo horrendo) señaló: “Yo creía que los grandes problemas medioambientales eran la pérdida de la biodiversidad, el colapso de los ecosistemas y el cambio climático. Creía que treinta años de desarrollo de una buena ciencia podría generar soluciones. Estaba equivocado. Los problemas medioambientales más importantes son el egoísmo, la codicia y la apatía, y para lidiar con esto necesitamos una transformación cultural y espiritual. Y nosotros, la comunidad científica, no sabemos cómo hacerlo” . Por lo tanto, ahora más que nunca, esto nos implica a ti y a mí, a nosotros.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *